foto_bio Rodrigo Larriba nació en la ciudad de San Felipe, lugar que marcaría su personalidad musical. Como él mismo diría: “aunque viví solo mis primeros años y regresaba en periodo de vacaciones, siempre me he considerado un provinciano”. Su mirada de un Santiago Capital durante los años 80 fue decorada con los paisajes musicales de un hogar típico de clase media: radio prendida todo el día, música de la nueva ola, tangos, boleros y por sobre todo música orquestal, toda esta mezcla de sonidos arraigarían en él un amor profundo por la música en nuestro idioma. Raphael, Nino Bravo, entre otros, serían sus referentes.

Ser el menor de la familia le dio ciertas ventajas, autonomía en los juegos, sin mucha supervisión y libertad de creación, esto sumado al ambiente político de enclaustramiento que vivía el país, sembró la simiente de lo que posterior sería su creación musical. En los años de niñez son de pocos los recuerdos musicales, eclipsados quizá por su hermano mayor quien era el artista de la familia, con él armarían su primera banda adornada de ollas y sartenes y otros instrumentos imaginarios, esto en ocasiones era acompañado por su padre, generando las primeras armonías vocales, donde ya se destacaba por registrar notas agudas naturales las cuales mantendría más allá de la infancia, el diría sobre su voz: “durante un tiempo me sentía muy incómodo en los coros donde siempre mi ubicación era cerca de las sopranos y contraltos, con el tiempo aprendí a sacar provecho de esta situación, sonríe”.

La primera obra no vendría de la mano de la música, sino del baile creando a los 8 años, una pequeña obra llamada “El Cóndor Pasa”, pieza de baile donde participaba su curso completo al ritmo de la música andina. Él se refiere a este baile: “es curioso remontarme a esos días, yo llegando a un colegio nuevo, sin amigos, se me permitía dirigir y crear una pieza de baile la cual solo interpretaba en flauta, bueno era un hecho que algunos profesores de esa época muchas ganas de crear no tenían”.

Los paréntesis musicales rondan en la vida de Rodrigo, siendo el inicio creativo musical en la enseñanza media. El primer paso para encontrar una ubicación en una amplia gama de posibilidades musicales llegó de la mano de un casete de música andina (Illapu). En especial la interpretación de Eric Maluenda le diría que existe un horizonte más allá de la música clásica donde esta voz tan especial tendría una valoración diferente. “la primera vez que escuche música andina mi corazón se sobrecogió, sintió la magia de la naturaleza y la libertad de viento que vive en las cañas, esa libertad que añoraba del lejano San Felipe y que disfrutaba por los cerros de la quebrada de Macul”.

Sus primeras composiciones vendrían en la edad escolar, ya con 15 años esbozaba sus primeras creaciones musicales, donde el amor, el desamor y los relatos del ambiente nacional se unían en una mirada que despertaba de un letargo como lo hacían en general todos en Chile. Formó parte de varios grupos de raíz andina formado principalmente por estudiantes de su liceo y posteriormente en la Universidad de Santiago, algunos de esos grupos fueron “Condorcanqui” y “Americanto”, de esta época diría: “era curioso hacer música andina, no teniendo base alguna. Bueno, era un tiempo de incipiente libertad de creación”.

Durante el periodo universitario creció su gama instrumental, sumando a ella, la interpretación de casi toda la gama de instrumentos folclóricos, piano e instrumentos de bronce. Ya formaba parte del coro de estudiantes de la Usach, el diría: “mi participación en el coro era más por necesidad de crédito que por continuar ligado a la música clásica, de igual forma, me posibilitó ejercitar manteniendo técnica y vocalización”.

Con un poco más de 20 años su creación musical era de una veintena de temas, en su gran mayoría folclóricos, pero unos pocos de carácter exploratorio entre los ritmos de moda de la época y popular, estos no verían luz hasta ya muy avanzados los años 90, donde haría un paréntesis de varios años retomando su carrera como integrante del grupo profesional “Tierra Chilena” del cual sería su director musical años después. Diría de este periodo: “Sergio me dio la oportunidad de aprender y la tomé. Tener la suerte de estudiar todos los ritmos musicales folclóricos de Chile y extranjeros de parte de músicos connotados y llevarlos a la práctica en poco tiempo no tiene precio”.

En esta época vendrían la creación y arreglos musicales para otros autores. La creación de cuadros musicales y obras completas le dio la versatilidad que demuestra hoy en día. Rodrigo diría: “la idea es transformarse, ser un pastor altiplánico o pescador Chilote con las mismas ganas que cantas balada o son”. Con esta fuerza nace el “Grupo Tierra” con el desarrollaría el trabajo vocal que caracterizó al grupo y que unido a los temas de Joaquín Muñoz, cofundador del grupo, los haría presentarse en la gran mayoría de festivales del país incluido el Festival del Huaso de Olmué y la preclasificación al Festival de Viña del Mar.

El tiempo pasa y va dejando rastros de diferentes ritmos y formas de mirar el folclor, y por sobre todo, va abriendo paso al lado popular de la creación, aunque nunca sus creaciones fueron puristas siempre daba una mirada propia a cada composición “no es pericona, ni caporal, ni vals. Es mi pericona, mi caporal y mi vals”.

Después de varios años dedicados al folclor, decide que es hora de mostrar esa cara menos vista públicamente y que solo muestra entre amigos o en escenarios privados, la música popular romántica y bailable.

En esta ocasión nos muestra el disco “Tarde” conjunto de 10 temas de variedad rítmica, con temáticas de amor y desamor, sin olvidar el mensaje social que siempre ha dejado en sus canciones, algunas veces evidente y otras muy sutilmente, las ansias de un Chile más justo, con memoria, fe de futuro y equidad.

“La vida es un continuo viaje, les invito a viajar conmigo, nunca es tarde para hacerlo”.